domingo, 19 de enero de 2014

Capítulo 7; Poesía entre sábanas.

Habían pasado cuatro meses desde nuestra primera cita bajo el sauce llorón. Podría decir que fueron los mejores cuatro meses de mi vida, donde Diego y yo, nos convertimos en una misma persona.
Pasabamos tardes y noches enteras bajo la sombra de aquel árbol, leyendo, tocando la guitarra, mirando las nubes, hablando, basándonos, siendo felices. Desde que estaba con él, nada más me importaba y empecé a ver mi mundo desde un punto de vista más optimista. Iba al instituto todos los días y estudiaba mucho, no tenía amigos, pero no me importaba, mi único y mejor amigo era Diego, no quería más.
En mi casa no mejoró la situación, simplemente nos limitábamos a ignorarnos, aunque mi madre empezó a dejarme más espacio cuando vio que mejoré notablemente en el instituto. Todos los días deseaba que se pasara la mañana ansiosamente, para poder coger el metro e ir a la tienda con Diego.
Empecé a trabajar con él, la verdad es que la tienda no aportaba muchos beneficios, pero eran los suficientes para pagar un pequeño piso de apenas 20 metros cuadrados y poder alimentarse.
El piso de Diego era alucinante, eran solo 3 diminutas habitaciones en un quinto piso muy antiguo, pero lo tenía tan bien decorado, que era muy acogedor.
No tenía habitación propia, tenía el comedor, la habitación y la sala de estar en una misma habitación, era una pequeña sala muy iluminada llena de pósters de The Beatles y antiguos músicos de Jazz. Dos pequeñas estanterías sujetaban libros de poesía, fotos de su infancia y vinilos,  también algunas velas aromáticas.
Tenía una cama grande, con muchos cojines y siempre deshecha y por último, bajo la ventana, un pequeño tocadiscos antiguo, era una maravilla. Las otras habitaciones eran la cocina y el cuarto de baño. Aquel piso era nuestro pequeño paraíso. Nos pasábamos los días en la cama leyendo poesía, cocinando con Jazz de fondo, bebiendo vino y riendo. Era como vivir en una película de amor francesa.
No les presenté a mis padres a Diego, pensé que no sabrían apreciarlo y que sólo tendrían en cuenta que es mayor que yo y que no estudia. Es lo único que les importa, ¿mi felicidad? No, eso no.

Jamás olvidaré alquel dia. Salí del instituto y allí estaba él, el chico más atractivo de todos, esperándome en la puerta con la moto, le besé apasionadamente delante de todos y nos fuimos riendo dejando atras a decenas de bocabiertos que jamás esperarían que la chica callada y tímida tuviese un novio tan llamativo.
Llegamos a su pequeño piso y me preparó pasta para comer, me trataba como a una reina. ¿A que se debía aquello? ¿Era nuestro aniversario? ¿Era mi cumpleaños? Realmente no lo sabía, perdía la noción del tiempo cuando estaba con él. Lo bueno de Diego, era que me sorprendía sin motivo alguno, simplemente por puro amor. Disfrutamos de una muy agradable velada y después de aquello, fuimos al sauce, nos pasamos la tarde entera sentados en aquel banco, observando el mar a lo lejos, hablábamos de todo, jamás habían silencios incómodos entre nosotros, nos lo contábamos todo y nos aconsejabamos y apoyabamos el uno al otro. Vimos el anochecer más bonito del mundo aquella noche tapados con una pequeña manta y abrazados. Eran momentos tan mágicos que me solía preguntar si todo aquello no era más que un sueño. Volvimos a casa y simplemente sucedió. Nos tumbamos en la cama y a ritmo de la suave voz de Fran Sinatra y la cálida luz de las velas, nos dejamos llevar. Cuando quieres a alguien no te preocupas por tu dolor o por lo incomodo, simplemente amas.
Asi eran nuestros días, tan perfectos que parecían mentiras y yo era tan feliz que me temía haber muerto y estar en el cielo.  Pero todo era demasiado bonito para ser real y como dicen cientos de canciones, decenas de versos y millones de historias, 'nada dura para siempre' y no todos los cuentos acaban en "Vivieron felices y comieron perdices".
¿Seríamos nosotros un caso especial?
Me temía que no.

sábado, 18 de enero de 2014

Capítulo 6; El sauce llorón.

Me desperté, eran las 10 de la mañana del sábado. Me dolía muchísimo la cabeza. De repente recuerdos del dia anterior bombardearon mi mente. Diego, mi madre, drogas, el instituto, castigo. Nuevas lágrimas asomaron por mis ojos. Me dirigí al espejo de mi habitación y contemplé mis ojos hinchados y rojos de llorar y el rimel corrido por mis mejillas. Me duché y vestí sin intercambiar una mínima palabra con mis padres. Diego y yo habíamos quedado a las 10, así que tuve que escribirle para avisarle de que llegaría tarde.
"Diego, soy Julia, me ha surgido un problema y no podré llegar a tiempo. Estaré allí a la hora de comer. Besos."
Me sentía fatal por dejarle tirado, según él tenía una sorpresa preparada para mí y me temía haberla fastidiado.
Me sentía mal, me sentía sola. Mi madre y yo no nos comprendíamos, no hablábamos, simplemente nos limitábamos a fingir que nos queríamos y que todo iba bien. Pero, ¿a quién le importaban mis sentimientos? A nadie. Así que me limité a arreglarme y a pensar en Diego. Salí de casa sin decir nada, (sabiendo que al llegar me esperaría una buena) y me dirigí al metro. Cuando llegué a la tienda, allí estaba él, sentado en la puerta con dos cascos en la mano y una sonrisa tímida. Nos abrazamos y el corazón me empezó a ir a mil por hora. Cuando le tocaba sentía que nada más importaba. Que solo estábamos él y yo en medio de toda Valencia. Me sentía feliz, me sentía agusto, me sentía comprendida. Y al rato, me sentía estúpida. ¿Cómo podía sentir tanto por una persona que apenas conocía? ¿Por qué era tan jodidamente sensible y enamoradiza? Me gustaba y odiaba enamorarme a la vez, era muy raro. Aquel abrazo que duró apenas cuatro seguidos, fue un mundo para mí.
-¿Preparada para un pequeño picnic? Espero que no tengas mucha hambre, soy un pésimo cocinero.
Reí como una idiota.
-Seguro que está todo buenísimo. ¿A dónde vamos?
-Ya verás, te voy a llevar a un sitio muy especial para mi.
Me cogió de la mano y nos dirigimos a la pequeña vespino que estaba aparcada un par de metros de la tienda. Me daban miedo las motos, estaba harta de ver como cada semana algún estúpido de mi instituto se lesionaba yendo en una. Pero al subir a la moto con Diego, todas mis preocupaciones y temores desaparecieron, me sentía protegida.
Conducimos unos veinte minutos por carreteras empinadas y con muchas curvas, no intercambiamos palabras por mi miedo a su despiste, finalmente, llegamos.
Era un pequeño terreno de hiervas silvestres y de todo tipo de tonalidades verdes, pero entre todas aquellas, destacaba un gigante sauce llorón. Era el árbol más bonito que mis ojos habían podido contemplar jamás. Parecía estar lleno de vida, fuerte y sano, lo mejor de todo, era que bajo sus hojas, había un pequeño banco banco dirigido al mar. Nos sentamos en él.
-Este sitio es precioso y este banco está en el lugar perfecto. <<Dije entusiasmada>>
-Es mi lugar favorito en toda la tierra. Este terreno forma parte de la herencia que me dejó mi abuela, a parte de la tienda. Justo ahí <<dijo señalando una parte del terreno>> tenía pensado construir una pequeña casita de madera para pasar sus últimos días, pero se fué sin poder cumplir su último deseo.
-Lo siento.
-Gracias, bueno, en cierto modo ya lo he superado, pero me costó mucho, prácticamente me he criado con mi abuela y este árbol, significa mucho para mi. Aquí es donde he pasado todos mis dias leyendo y pensando desde que mi abuela se fue. La verdad, es que jamás había traído a nadie aquí, eres la primera persona.
Me sentí afortunada. Significaba mucho para mí qurle Diego se estuviera abriendo a mi y contándome su vida. En aquel momento no supe que decir y sorprendentemente sentí el impulso de besarle. Pero no podia, era una cobarde, lo máximo a lo que me atreví fue a besarle el la mejilla y sonreírle tímidamente. Nos miramos fijamente durante unos segundos. Sentía que le conocía de toda la vida.
-Creo que esa tortilla de patatas nos está llamando <<se levantó y fue a por la cesta de la comida>>
Eso era demasiado perfecto para ser real.
Disfrutamos de la comida y de las conversaciones sobre todo tipo de asuntos. Hablamos de música, de libros, de cine, incluso hablamos de política. Aquel chico era una biblioteca andante, era muy inteligente y culto, algo que hacía que me atrajese cada vez más.
Seguíamos hablando y riendo, mientras bebíamos café de un pequeño termo que había traído. Cuando callabamos después de reir, no era el típico momento incómodo de silencio, nos mirabamos y sentía que nos lo decíamos todo con los ojos. Volví a sentir impulso de besarle, pero no lo hice.
Nos tumbamos en la hierba, el sol acariciaba nuestros cuerpos, era agradable. Estabamos separados unos veinte centímetros (para mi eran kilómetros) así que me atreví a acercarme y apoyar mi cabeza en su pecho. Suspiré. Podría vivir en ese momento eternamente.
Nos quedamos imaginando formas divertidas en las nuves, de repente cambió de tema:
-Me haces sentir bien, Julia. Y eso es difícil, soy un chico muy solitario, jamás he tenido amigos ni novia, mi única compañía era mi abuela y me dejó cuando apenas era un niño de 15 años. He vivido desde entonces en una casa de acogida con personas que no me trataban bien, pero eso no es lo importante, lo importante es que por casualidad tú has aparecido en mi vida, fuiste una bonita casualidad entrando en mi tienda y alegrando mis días y no sé Julia, quería agradecértelo. Jamás pensé que una persona podría sacarme de mi agujero de mierda y recuerdos y hacerme pasar buenos momentos y menos en tan poco tiempo.

Las lágrimas caian por mis mejillas. En aquel momento me sentí la persona más feliz y triste del mundo. Si, a la vez. Triste por la vida de Diego y feliz por haberle encontrado. Había encontrado a mi persona.
Levanté mi cabeza de su pecho, le miré y le besé. Fue el beso más bonito que jamás recordaré.

lunes, 5 de agosto de 2013

Capítulo 5; Sorpresa.

'Diego', su nombre retumbaba en mi cabeza.
-Diego es un nombre precioso.
-Pues muchas gracias, es una herencia, mi padre Diego, mi abuelo Diego, mi bisabuelo Diego y así.
<Nuestro hijo será Diego> pensé y al momento mis mejillas enrojecieron.
Notaba atracción entre nosotros, más allá de una atracción física (que era obvio que la había) teníamos una conexión especial.
Cuando me miraba a los ojos me sentía agusto, me sentía especial. Y luego me sentía estúpida de sentir eso. Yo jamás había sido una chica enamoradiza y fácil de conquistar y jamás ningún chico había conseguido hacerme sentir algo y de alguna manera me sentía ridícula por sentir algo así con un chico al que acababa de conocer (por mucho que tuviésemos en común). 
No creía en el amor a primera vista, hasta aquel día. A veces el amor te juega malas pasadas, supongo que forma parte de la vida.
Después de pasarnos prácticamente 4 horas charlando y tomando café, Diego me pidió mi numero de teléfono.
Al principio quise hacerme la difícil (estaba deseando dárselo) y se lo negué, pero inmediatamente reí haciéndole saber que bromeaba. Esta vez, me fui de allí con las manos vacías, bueno no del todo. Llegué a casa, me tumbé en la cama y dormí. Hasta que la vibración de mi teléfono de me despertó sobresaltadamente. Era un mensaje. De un número desconocido. Mi corazón deseaba que fuera Diego, mi mente deseaba que fuera publicidad.
"Me lo he pasado genial esta tarde, Julia. Eres una chica super maja y tenemos muchas cosas en común, ¿café mañana a la misma hora y terminamos nuestra conversación? Saludos, Diego."
Sin darme cuenta tenía una sonrisa de oreja a oreja y los dedos me temblaban levemente, en un acto reflejo le di rápidamente al botón de responder, pero mi mente decidió jugarme una mala pasada y desconectó. Simplemente me quedé en blanco. No sabía que responderle. Borre y escribí 15 mensajes diferentes en busca de la respuesta perfecta. Al final todo quedó en un:
Tu también eres un chico majísimo Diego y por supuesto que deberíamos continuar nuestra conversación, mañana a las 10 estaré allí, buenas noches. Julia."
Ese buenas noches en principio era un 'Besos. Julia' pero mi cobardía me impidió enviarlo así.
Al día siguiente, volví a hacer pellas y me escapé a aquella pequeña tienda. Allí estaba él, esperándome con un café en la mano.
Charlamos durante horas y horas. Cada vez, me sentía mas cerca de él, el tiempo se pasaba volando mientras hablábamos, miré mi reloj, eran las 14:15, estaba muerta de hambre y ya era hora de regresar a casa. Hice amago de coger mi bolso y Diego me cogió del brazo.
-Soy adicto a la comida china y aquí cerca hay un restaurante muy bueno, ¿quieres que pidamos algo y comemos?
Me sentí alagada por su invitación y obviamente quería aceptar, pero se supone que estaba en el instituto y comía en casa.
Espera un momento, ¿cómo podía estar planteándome rechazar la invitación de Diego?
-Por mi genial.
-¿Que quieres que pida?
-Me gusta todo.
Se levantó de la mesa y tanteó el mostrador en busca de su teléfono.
Comimos entre risas y anécdotas. Y yo estaba más agusto que nunca. Demasiado agusto, mierda. Me estaba enamorando.
Acabamos de comer, me levanté con la intención de irme. Me acompañó a la puerta de la tienda.
-Me lo he pasado genial, Julia, tenemos que quedar más.
Me sonrojé al instante.
-Por supuesto, lo paso genial contigo y tenemos tantas cosas en común...
-Quizá sea demasiado pronto para decirlo, pero me gustas, me gustas mucho.
Oh-Dios-Mio. ¿Estoy soñando? ¿Me ha sicho que le gusto? Diego, el chico del flechazo, el chico de la tienda, el chico de las pecas, el chico por el que yo me moría, me había dicho que le gustaba?
-Pff, no sé que decir <reí nerviosamente>.
-No tienes por qué decir nada, solo quería que lo supieses.
-No, no, me da gracia, porque, Diego...desde el primer día en el que te vi, cpn tus libros, tu sonrisa, tus pecas...tu todo, me encantastes.
-¿Enserio? <Rió y se sonrojo>
Me iba el corazón a mil por hora, estaba tan feliz en aquel momento.
-Sí...
-Julia, ¿te gustaría que quedasemos mañana, fuera de la tienda? Me gustaría llevarte a un sitio especial.
-Claro que sí. ¿A dónde?
-¡Sorpresa! <Rió mientras me abrazaba a modo de despedida>
Apoyó su mentón en mi cabeza, era tan alto...yo le abracé por la cintura.
-Mañana a las diez estaré aquí. Adiós Diego.
-Adiós preciosa.
Salí de la tienda. Eché a andar rápido. El frío viento golpeaba mi cara. Yo sonreía. Sonreía demasiado, me dolía la cara de tanto sonreír. Estaba caminado entre nubes. Pero a la vez, no quería ilusionarme tanto...
¿Era normal que nos gustasemos tanto si solo era la segunda vez que nos veíamos?
Me daba igual. Llegué a casa. Con miedo abrí la puerta. Eran las 5 de la tarde.
-¡Julia! ¿De dónde vienes?
Mi madre estaba muy cabreada. ¿Sabría que llevaba dos días sin ur al instituto?
-De la biblioteca.
Plash. Un dolor agudo apareció en mi cara. Me acaba de pegar un guantazo. Y bien fuerte. Instantáneamente me lleve la mano a la mejilla.
-Mentirosa. Llevas 2 días sin ir al instituto, vas fatal en clases. Ya no estudias ni haces nada. ¿De que vas, Julia? Desaparece dinero de mi bolso constantemente. No te estarás drogando, ¿no? <dijo con lágrimas en los ojos>
No pude evitar reír. Otro guantazo llegó a mi cara.
-¡MAMÁ! Ya esta bien, joder. ¡Claro que no me drogo!
-¿Y por qué me desaparece dinero? ¿Por qué ya no vas a clase?
Nos sentamos y se lo expliqué. Le expliqué que había estando yendo a una tienda en Valencia, que ya no iba a clase, que había conocido a un chico. Al principio parecía estar interesada en mi historia, pero finamente no.
-Julia, eres una mocosa de 17 años que lo único pir lo que tiene que preocuparse ahora es por los estudios. ¡Estás castigada! Sin móvil, sin tele y por supuesto, sin salir. Vete a tu cuarto.
Me fui a mi cuarto y me eché a llorar tendida en la cama. No por los guantazos, no por las notas, no por la bronca de mi madre, si no, por que no podría ir a ver a Diego. ¡Me escaparía! Me daba igual, tenía que ir a verle. Diego era el chico perfecto para mí. Era mi media naranja, era una Julia en chico.
Me acosté, apagué la luz y cerré los ojos.
Era mío (o eso pensaba).

domingo, 4 de agosto de 2013

Capítulo 4; Incredulidad.

Aquella noche, me puse el vinilo de Queen mientras leía, pero mi mente, no conseguía centrarse en la lectura. No podía sacarme a aquel extraño chico de la cabeza. Me transmitio mucha ternura, parecía un chico solitario y triste, pero a la vez, tenía un toque de sensualidad.
Estuve planeando y guionizando poco a poco el cómo quería que fuese nuestro siguiente encuentro. A la vez intentaba preparar a mi mente por si sucedía lo peor, que tiene novia, que es gay o que simplemente no encajamos.

Suena el despertador, 7:30 de la mañana, me levanto me visto, desayuno, cojo dinero para el almuerzo y me encamino al instituto. Dos calles antes de llegar, me paro y en un loco arrebato hecho a correr hacía el metro, pago con el dinero del almuerzo y subo al tren. El corazón me iba a mil, esa sensación de adrenalina me gustaba, me sentía feliz pero a la vez preocupada por si me pillaban (aunque sabía que era prácticamente imposible). No era muy buena estudiante, pero jamás había hecho pellas. Me daba igual, seguro que allí ni se percataban de que no estaba. Les odiaba, a todos.
Llegué a la puerta de la tienda y no me atreví a entrar, el miedo y la vergüenza se apoderaron de mí. Dí la vuelta a la manzana analizando mi guión, cojí aire y entre con mi mejor sonrisa. Me sobresalté al oir las campanitas de la puerta. <Estúpida, me dije>.
-¡Hola!
Allí estaba él, detrás del mostrador, guapo y esbelto, vestía una camisa de cuadros, unos tejanos y llevaba el pelo alborotado. Advertí que tenía un libro en la mano. Romeo y Julieta. Cada vez me gustaba más.
-Buenos días, ¿Que tal?
El corazón me iba a mil por hora. Maldita sensación.
-Bien aquí, currando un poco.
Sonrió y dejó ver una fila de dientes blancos y perfectos a la vez que sus pequeños ojos verdes se achinaban formando unas pequeñas arruguitas realmente adorables.
-Muy bien, yo voy a hechar otro vistazo, ayer no tuve suficiente.
-La tienda es tuya, guapa.
<Mi corazón dió un brinco y mis mejillas blancas se sonrojaron>
Me había llamado guapa. Me sentí animada y más fuerte que nunca.
Caminé hacía el interior de la tienda e hice como que buscaba algo, en realidad solo quería mirarle. Me escondí detras de una estantería y le observandole entre vinilos le sorprendí mirándome y riendo. En aquel momento morí de la vergüenza y cojí el primer vinilo que pillé e hize como que lo leía. En la tienda había un pequeño rinconcito decorado con una mesa y antiguas sillas de jardín donde podías sentarte a leer. Me senté y leí un par de cubiertas de libros.
El olor a café me despegó de mis libros, miré al mostrador y estaba vacío <mierda, otra vez sola, pensé> cuando volví a fijar mi mirada en el libro vi que el chaval se dirigía hacia mi.
-¿Quieres café? Estoy preparando un poco en la trastienda.
No pude negarme, el café era mi perdición y tomar un café con él, era justo lo que venía buscando. Acepté agradecida y minutos después volvió con dos tazas de rico café humeante. Me vino genial, aquella tienda estaba helada. Se sentó a mi lada, para mi sorpresa y mostró interés por lo que yo leía, que en eso momento era: '20 poemas de amor y una canción desesperada' de Pablo Neruda.
-¿Te gusta Neruda? Es uno de mis poetas favoritos.
-Si, me gusta bastante <contesté cortada> sobretodo ésta obra.
En aquel momento estabamos conversación sobre Neruda y demás autores y acabamos hablando de Nirvana y de religión. Todo lo que soltaba aquel chico por su boca, era puro oro. Teníamos muchísimas cosas en común y cada vez me atraía más, tanto intelectual cómo físicamente. Tenía unos labios gruesos y bonitos, unos ojos verdes como la primavera que parecían no tener fondo y una sonrisa de cine.
-Oye, llevamos casi una hora y dos cafés  hablando y aún no sé tu nombre.
Reí avergonzada por haber olvidado algo tan simple como la presentación.
-Tienes razón, soy Julia. ¿Y tú?
-Soy Diego.

Capítulo 3; Extrañas sensaciones.

Me giré sobresaltada y me encontré con unos ojos que me transmitieron la mayor sensación de paz posible.
-Oh, espero no haberte asustado <dijo el chico entre risas>
Era un chico de unos 20 años aproximadamente, 1'90, moreno, ojos verdes con miles de pestañas negras y espesas, muchas pequitas y una cara que transmitía mucha ternura. Extrañas sensaciones recorrieron mi cuerpo en ese momento, decidí ignorarlas.
-Que va, bueno, un poco, esto está tan silencioso. <Dije con timideza>
Me costaba mucho expresarme en ese momento, estaba nerviosa. ¿Por qué estaba nerviosa? ¿Acaso me gustaba aquel extraño chico de pecas en la cara? Me temía que sí.
-¿Esto es todo? <dijo observando mi libro y el vinilo> Hum, muy buen gusto.
-Sí, por desgracia no tengo suficiente dinero para comprar todas las maravillas que alberga esta tienda. ¿Es tuya?
-Sí, es todo lo que tengo, herencia de mi abuela, esto antes era una antigua floristería, pero he decidido convertirlo en tienda de segunda mano.
-Está genial, tienes cosas alucinantes.
-Muchas gracias <contestó con una sincera sonrisa>
Le pagué y salí de la tienda con una sonrisa y un 'Hasta pronto'. Cuándo me giré él aún estaba allí, mirándome.
Había pasado casi 3 horas en aquella tienda y ni me había inmutado.
Quería armarme de valor, volver a entrar en la tienda e invitar al chico a tomar a un café. Ni siquiera sabía su nombre. Que frustrante.
No tenía valor. No tenía agallas. Me moría de la vergüenza. No me reconocía, estaba sintiendo algo muy extraño por aquel chico con el que solo había intercambiado tres palabras. Pero me daba igual. En aquel momento me juré que ese chico sería mío, costase lo que costase, lo tendría.
Pegué una última mirada a Les boutiques des surprises, sonreí y tomé camino al metro con mi vinilo y mi libro en las manos.

sábado, 3 de agosto de 2013

Capítulo 2; Les boutique des surprises.

Suena el despertador <odio ese maldito despertador> y esta vez me levanto más animada. Hace unos días había estado mirando anuncios en internet para compra-venta de libros y encontré una página de una pequeña tienda situada en Valencia que vendía libros y antigüedades. A mi siempre me han encantado ese tipo de tiendas, así que me decidí por ir ese día.
Fui al instituto y volví como cualquier otro día. Al llegar a casa, dormí un poco y levanté para vestirme.
No sé el por qué, pero aquel día quería ponerme guapa, así que abrí el armario y escogí uno de mis mejores vestidos.
Era un vestido color crema que se cojía de la cintura y bajaba hasta las rodillas en forma de volantes. Hacía frío, así que lo acompañé con medias, botas y chaquetón negro.
Al llegar a la sala para pedirle a mi madre el dinero el metro, se sorprendió de lo guapa que estaba, me había dejado mi larga melena anaranjada suelta pero tapada con un pequeño gorro negro y no llevaba más que un poco de rimel.
-Julia, ¿a dónde vas tan guapa?
-Habrá quedao'con algún mozo, Luisa. <Soltó mi padre, para mi sorpresa>
Ojalá, pensé yo. Llevaba más 3 años sin haber besado a un chico y ya tenía 17 años.
-He quedado con unas amigas para ir a cenar a Valencia.
-¿Un Martes? Julia, no me mientas.
No quería decirles a mis padres que me había arreglado así para ir a una tienda de libros yo sola por Valencia.
-Mamá, me voy. ¿Me das el dinero o qué?
Empecé a ponerme borde con tanta mirada interrogatoria.
Mi madre se levantó, me dió el dinero, un beso y la típica advertencia de madre: Ten cuidado, no hables con desconocidos, no vuelvas tarde, ten el móvil a mano...
Media hora mas tarde conseguí salir de casa y me dirigí caminando hacia la estación. Ya en el metro, saqué mi móvil y mis cascos y me puse a escuchar Pink Floyd. En 20 minutos ya estaba en Valencia. Cuando bajé del tren, una oleada de aire gélido chocó contra mi cara, me gustaba, me gustab el frío, caminé dos o tres calles bajo los árboles hasta que la encontré: Les boutique des surprises.
Una pequeña tienda situada en la esquina de la calle y una puerta de madera con un cartelito que te invitaba a entrar.
Entre y unos pequeños cascabeles sonaron. Aquello era el paraíso, habían docenas de estanterías llenas de libros y vinilos de todo tipo, pequeñas sillas de jardín antiguas ocupadas por siniestras muñecas de porcelana, vestidos vintage, espejos antiguos, era perfecto.
Recorrí la tienda entusiasmada y ni me inmuté de que estaba sola en la tienda.
Después de una larga hora de búsqueda encontré un vinilo de Queen y el libro de 'La historia interminable'. Fuí al mostrador decidida a comprarmelo, pero no había nadie.
-¿Hola? ¿Hay alguien?
El silencio reinaba en aquella tienda y yo empezaba a asustarme. Pero me daba igual, no pensaba irme de allí sin mis nuevas adquisiciones.
De repente noto como una mano se posa sobre mi hombro, pego un grito del sobresalto y me giro respirando agitadamente.

Capítulo 1; Monotonía en mi mundo.

Suena el despertador y pego un brinco del susto en mi cama, con una rapidez notable apago el despertador de un golpe. Entreabro mis ojos y veo que son las 7:30 de la mañana. Me da un vuelco el corazón al pensar que todo aquello con lo que estaba soñando, no era más que eso, un sueño. El apetito se me abre al llegar a mi habitación el olor a tostadas y café recién hecho. Me levanto, abro el armario y empieza el debate diario sobre el qué ponerme para ir al instituto. Hacía frío, era un 14 de Enero muy gélido y me decidí por un vaquero, converse y sudadera de universidad. Salí de mi habitación sin hacer la cama (sabía que aquello me traería problemas, pero me daba igual) y me dirigí a la cocina, donde mis padres estaban desayunando.
-Buenos días, Julia. ¿Has hecho ya la cama? <Sabía que me lo preguntaría, no se le pasa ni una vez>
-Em, aún no. Voy a peinarme primero.
-Primero desayuna algo. El desayuno el la comida más important <A partir de ahí, mi mente desconecto y mi cuerpo le limitó a asentir y masticsr un par de galletas insípidas>
Fuí al cuarto de baño, me recogí mi melena anaranjada en una trenza y puse uma falsa sonrisa para aplicarme el colorete.
Salí de casa con un simple 'Adiós' y me puse camino al instituto. Amaba ir al instituto caminando en invierno. Tenía que pasar por un campo de almendros mienteas amanecía, era precioso.
El instituto estaba cerca de casa, a 10 minutos aproximadamente caminando, cuándo llegué, no tenía a nadie esperándome en la puerta, ni siquiera un 'Buenos días' de alguien. Estaba acostumbrada. Me dirigí al aula de biología y ¡pum! mi mente desconecto automáticamente hasta la hora de volver a casa. No tenía amigos y no los necesitaba, mis intentos de ser popular fracasaron y volver a intentarlo me parecía una auténtica estupidez. ¿Quien quiere amigos teniendo libros?
Cuando llegué a casa, mi madre no me recibió muy contenta. Me echó en cara el no haberme hecho la cama y me mandó poner la mesa.
Lo hice, a desgana. Después de comer pasta (mi plato preferido) me fui a mi habitación a leer. Ken Follet y sus Pilares de la Tierra eran el sitio en los que me refugiaba los últimos días.
Se pasaron las horas y ahi seguía yo, leyendo. Ajena a lo que pasaba en el mundo exterior.
-Juliaaaaaaaa, a cenar.
Mierda, no había hecho los deberes. Me daba igual, en el fondo. Cené y me fui a la cama otra vez. Pero esta vez con planes. Al día siguiente tenía pensado ir a una pequeña tienda de libros de segunda mano y antigüedades que había en el centro de Valencia. Me lo pasaría pipa allí. Programe el despertador, cerre los ojos y me adentré en una magnífica historia de amor situada en París.